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El papel del arquitecto en los momentos difíciles

En una obra de vivienda unifamiliar en la Sierra de Madrid, hace unos meses vivimos una de esas situaciones que no aparecen en ningún manual pero que forman parte de la realidad de construir.


La obra iba bien. Una parcela con pendiente, como tantas en la sierra, con los pequeños ajustes habituales que cualquier terreno inclinado genera — algo más de movimiento de tierras, alguna variación en el volumen de hormigón. Nada fuera de lo normal.

Hasta que llegamos a la estructura de cubierta.


Toda la estructura era metálica. El constructor, como es habitual en obras de este tamaño, la había subcontratado a un especialista. El problema apareció cuando la estructura ya estaba montada: el constructor había hecho un cálculo erróneo de los kilogramos de acero necesarios en el momento de dar precio, y el subcontratista no le había actualizado el presupuesto en base a los kilos reales. El resultado fue un sobrecoste de más del 30% sobre la partida de estructura.


Una cantidad que nadie había previsto. Y que nadie quería asumir.


El constructor era honrado. Reconocía que parte del error era suyo — había calculado mal. Pero absorber el 30% de sobrecoste de una partida entera estaba fuera de sus posibilidades. Por otro lado, el promotor — una pareja joven que había ajustado al máximo su presupuesto para construir su primera casa — entendía, con razón, que ese no era su problema. Ellos habían firmado un contrato con un precio. Y la estructura estaba en ese contrato.


La situación estaba bloqueada.


Y cuando una situación así se bloquea en una obra, las alternativas son malas. El constructor abandona la obra. El promotor se queda con una estructura montada, sin quien la continúe, con los costes y plazos que eso implica. Los abogados entran en escena. Y lo que era un problema económico se convierte en un problema legal, emocional y vital para una pareja que solo quería construir su casa.


Esa alternativa era peor para todos. Y por eso decidimos involucrarnos.



El papel del arquitecto en ese momento no era técnico. Era humano.

Teníamos la confianza de las dos partes — del promotor, porque llevábamos meses trabajando juntos en el proyecto, y del constructor, porque habíamos construido una relación de trabajo honesta desde el principio de la obra. Esa confianza era el único activo que podía desbloquear la situación.


Nos pusimos a trabajar. No para dar la razón a uno o al otro — eso no era lo que necesitaba nadie — sino para encontrar una salida que fuera asumible para todos. Analizamos la estructura de costes de lo que quedaba de obra. Identificamos partidas donde había margen de optimización sin comprometer la calidad. Buscamos la forma de que el impacto económico del sobrecoste se repartiera de manera que ninguna de las dos partes quedara en una posición insostenible.


Al final conseguimos desbloquear el asunto. El constructor asumió una parte del sobrecoste — la que correspondía a su error de cálculo. El promotor asumió otra parte, menor, que se compensó parcialmente con las optimizaciones que encontramos en otras partidas de obra. La obra continuó. La casa se está terminando.

Contamos esta historia porque creemos que ilustra algo que no siempre se dice sobre el trabajo del arquitecto director de obra.


La dirección de obra no es solo supervisar que los planos se ejecutan correctamente. Es estar cuando las cosas se complican — y en una obra siempre se complican, en mayor o menor medida. Es ser la figura que tiene la confianza suficiente de ambas partes para poder actuar como puente cuando el conflicto aparece.


Esa confianza no se improvisa en el momento del problema. Se construye desde el principio, visita a visita, decisión a decisión, con un trato honesto tanto con el promotor como con el constructor. Un arquitecto que aparece poco, que gestiona la obra desde la distancia, que no conoce realmente cómo trabaja la constructora ni cuáles son sus limitaciones, no tiene esa capacidad cuando la necesita.


Los problemas en obra no son la excepción. Son parte del proceso. Lo que marca la diferencia es tener a alguien que pueda gestionarlos cuando aparecen.


Si estás pensando en construir tu vivienda y quieres un estudio que esté siempre contigo, cuéntanos tu proyecto.

 
 
 

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